Diciembre 2, 2021
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¿Y QUÉ HACER POR NUESTRA SOBERANÍA ALIMENTARIA?

La tierra llora y gime por los vacíos del ser humano y su vulnerabilidad ante una creciente limitación para obtener los medios de subsistencia. Nos enfrentamos al enorme desafío de mantener nuestra soberanía alimentaria; de conseguir los requerimientos mínimos de alimentos para la salud; mantener regiones de cultivo productivas y lograr rendimientos en las cosechas sin agotar la tierra.

¿Qué planes hay para ello?, ¿Cómo salvaguardar una soberanía alimentaria que pareciera está perdida?, ¿Cómo lograrlo en un país cuyo desarrollo agrícola está en decadencia?

Pareciera que no nos hemos dado cuenta de que la existencia humana depende en gran medida de la agricultura y la producción de alimentos es el trabajo más urgente en el que el hombre debería preocuparse y ocuparse.

La soberanía alimentaria para algunos autores se define como el modo de producir los alimentos, la gestión de los recursos, el comercio local e internacional, el desarrollo sostenible, la participación social, la agroecología y el derecho a la alimentación que tienen los habitantes de una nación.

La pandemia de Covid-19, entre tantas lecciones, nos dejó de manifiesto la vulnerabilidad de miles de personas en México por su condición de insuficiencia nutricional, debido a la falta de una buena alimentación. A ello, hay que sumar los serios problemas de comorbilidad como el sobrepeso, la obesidad, la hipertensión y diabetes, relacionados también con los hábitos alimenticios.

Y, por si eso fuera poco, las recientes cifras del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), nos muestran que hay un aumento de 9.8 millones de personas que no pueden cubrir los gastos básicos de alimentación. En el Estado de México se estima son un millón de personas quienes se encuentran en una condición de pobreza alimentaria.

Por tanto, carencia económica, marginación y un campo que no da evidencia de que pueda mejorar su rendimiento de cosecha alimenticia, nos permite vislumbrar un panorama poco alentador y una pérdida de la soberanía alimentaria cada vez más deprimente.

No obstante, más allá de una mirada catastrófica es necesario que este tema no sólo esté en el tintero de un discurso demagógico y hueco que no contribuya a hacer rentable y productivo a nuestro país. Se necesita más y mejor alimento, lograr que los campesinos desarrollen una agricultura mejor. Para ello, no se requiere sólo el uso de más y mejores fertilizantes, de semilla mejorada o de maquinaria de alta tecnología.

Hoy, más que nunca debemos entender que se precisa de una economía vigorosa en la cual la educación, la investigación e industrialización tengan un verdadero impulso que les permita conseguir un pleno desarrollo en los diversos ámbitos sociales, incluyendo el agroalimentario.

El Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ha comenzado a apoyar las prácticas agroalimentarias que surgen desde la economía popular, social y solidaria. En algunos estados se apoya la investigación que plantea identificar y potenciar prácticas locales de cooperativas, tianguis, empresas familiares, productores campesinos en contextos urbanos, rurales e indígenas. Pero es una labor aislada y con escasos resultados aún. Y, si bien muy valiosa, resulta insuficiente para una nación con más de 127 millones de mexicanos.

Necesitamos estar listos para los tiempos que se aproximan, la naturaleza nos está cobrando la factura por el daño ambiental, pero sin duda los tiempos más difíciles serán los de hambre, que exigen tomar decisiones importantes para evitar su llegada.