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Sonideras, para ellas, la música es como un orgasmo

IMPULSO/ Agencia SUN
Ciudad De México
El merengue suena, las luces neón transforman los rostros, iluminan las cabezas engominadas y los zapatos de charol. Entre la vorágine de ajetreos, Marisol Mendoza da vueltas; su silueta pierde el contorno, se difumina con los movimientos de cintura. Ella es una musa sonidera, una aparición que disfruta dejándose engullir por el baile.
Marisol ha destinado cuatro años de su vida a promover el trabajo de las mujeres en el mundo de lo tropical. Es hija de Sonido Duende y dice que no sabe bailar, aunque sus pies demuestran lo contrario. Para ella es importante que la luz haga visible el rostro femenino que también hace danzar a la “banda”.
El escritor Jesús Cruzvillegas, en su libro “Pasos sonideros”, menciona que fue en 1950 cuando esta tradición nació en barrios como Tepito, Lagunilla y Peñón de los Baños.
En aquellos tiempos hacer una fiesta era muy caro, algo casi inalcanzable para un gran sector de la población. Su solución fue lógica: poner aparatos de sonido en las vecindades y disfrutar, olvidar que la fortuna no solía pasearse por aquellas zonas.
El movimiento sonidero se extendió por todo México, convirtiéndose en un lenguaje popular. A estos bailes de candela y sabor se les denominó Tíbirís, por la canción “El Tíbiri, tábara”, de Daniel Santos. Este modo de celebrar representó una suerte de fortaleza germinada a partir del folclor. Los sectores más pobres se apropiaban del espacio público sin pedir permiso; era su suelo, y si la sociedad no les daba cabida, no importaba, porque ellos zapatearían donde se les antojara.
Además de apoderarse de diferentes superficies, algunas de las características principales de estos guardianes de la cumbia son: representar a un barrio, tener un nombre artístico, un logotipo, hablar y enviar saludos entre las canciones: “¡Un saludo para toda la raza del Peñón de los Baños! Vámonos con esta rola matancera que dice y suuuuuena”.
Bailando cumbia se amanece
Durante la época sesentera la mujer ya figuraba entre las cabinas: Sonido la Changa, de Rubén Rojo, y Sonido la Socia, de Guadalupe Reyes Salazar fueron creados a la par. Ambos precursores cargaron con el peso de abrir camino a los que vinieran después.
Marisol cuenta: “La Socia hizo muchos bailes, llegó a tocar toda la semana y apareció en discos de acetato, pero no sobresalió por su condición de mujer”.
Según registros realizados por la propia Marisol Mendoza, hay 43 sonideras en México y Estados Unidos, lo cual representa a menos de 1% de toda la corriente. Ella creció en el ambiente cumbiambero, fue testigo del apoyo y la participación activa de las esposas o madres de los sonideros. Sin embargo, cuando una chica decidió ser la cabeza de un sonido y trenzar su voz con el micrófono, el respaldo masculino no fue recíproco. Se portaron misóginos, no querían tocar con una mujer, les chiflaban e insultaban: “¡Mejor vete de prostituta o a lavar los trastes!”.
El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) dio a conocer que gran parte de la violencia contra las mujeres es resultado de la discriminación que sufren laboralmente. En nuestro país la mujer gana 18.3% menos que su contraparte masculina, realizando el mismo trabajo. El hecho encuentra sus causas en la visión estereotipada de lo femenino, afectando la economía y oportunidades de las mexicanas.
Marisol presenció cómo las asistentes también se negaban a bailar si era alguien de su mismo sexo quien ponía las melodías. Eso fue lo que la llevó a formar el colectivo Musas Sonideras, una alternativa para dar a conocer las armonías femeniles.
Con su cabello brillante y labios rosados, Abigail Sánchez Puebla, “La Reina Rumba”, también persiste en el aguante desde su trinchera. Ella es la primera sonidera transgénero y apenas hace dos años decidió unirse a las filas “pachangueras”, animada por la surrealidad del baile: “Cuando toco, yo me excito, me da una adrenalina muy cañón”, declara.
“La Reina Rumba” se vive a través del Tíbiri sin importarle las murmuraciones. Cuando escucha música se siente una versión verdadera de ella misma, pero electrificada. La sostiene aquel instante en el que se esfuman las horas y quedan canciones clásicas con las que los barrios se identifican y contonean.
Atravesando por la misma senda, Beatriz Vargas de la Rosa, de Sonido Diversidad, busca poner en alto el nombre de la comunidad LGBTTTI.
Ella es la primera gay que se sumerge en este núcleo “Tíbiri Tábara”. Tiene la certeza de que muchos hombres aún no están preparados para ver a una mujer desempeñarse en un trabajo que en otros tiempos era únicamente para ellos. “Me ha costado el doble de esfuerzo. Luego dicen: `¡Ay, esa vieja ni sabe de música!´ Es difícil la aceptación hacia una mujer y también hacia una persona gay”, afirma.
Para Beatriz, un sonidero es quien se come sus dolores para hacer bailar a los demás. Con su papel bien enraizado, eleva un aullido de solidaridad y recuerda su canción preferida, una cumbia colombiana titulada Negra, ron y velas: “¡Ay!, bailando cumbia se amanece, bailando cumbia se amanece, con una negra, ron y velas”.
En contraste, Guadalupe Tlacomulco es Lupita “La Cigarrita”, de Sonido Radio Voz. Ella representa al mágico Tepito y en la infancia aprendió a bailar escuchando a la Sonora Matancera: le encantaba menear su cuerpo con compases tropicales, pero su mamá no aceptaba que su hija bailara en la calle. Con todo, Lupita se escapaba a las fiestas. Fue así como descubrió que su camino lo dictaba una musicalidad a la que no podía darle la espalda aunque lo intentara.
Actualmente tiene 60 años, se reconoce como alguien impuntual porque le “vale madres”, y prefiere estar en su casa con sus nietos. Lupita se pone a bailar en medio de la calle sonríe y hace las reminiscencias del pasado: su ex marido era tepiteño y ella le propuso que ambos se lanzaran como sonideros, pero él le “daba largas”. Guadalupe lo apoyó para que se hiciera de un nombre y triunfara, pero cuando ella pidió ayuda la respuesta se atascó en el silencio. Los años pasaron hasta que llegó 2002, una mañana normal en la que salió al mercado y en el camino se encontró a Sonido Caribali, que la dejó “cabinear” y presentarse de forma profesional.
Para Lupita “La Cigarrita”, ser sonidera es como intimar con su pareja: “Cuando yo estoy tocando me pasa lo mismo que a una mujer cachonda, me transformo, siento un orgasmo. El micrófono me besa, la música me acaricia y termino bien empapada”.
Lo único que “La Cigarrita” lamenta es no haber vislumbrado toda su capacidad: “Si cuando era una niña hubiera sabido que ya había una sonidera, yo me hubiera dedicado a esto desde que estaba señorita, pero como era un trabajo de hombres, de machos, pues no pensé que yo podía hacerlo”.
Como muestra de aprecio a su oficio, Lupita “La Cigarrita” escribió “La oración del sonidero”: “Gracias por darme el don de ser sonidero/ Gracias porque para nosotros los sonideros no existen razas ni fronteras (…)”.

¡Ya llegó la Tira!”
Los espacios para las mujeres son reducidos en este ambiente, los eventos más pequeños y menos multitudinarios. En contraposición se puede observar cada vez más aceptación; inclusive muchos sonideros les han ofrecido su cobijo.
Actualmente las sonideras siguen en pie para que sus logros se vuelquen a la victoria; les queda continuar en la manifestación constante, “a veces ignorando los saludos, para mejor pronunciarnos solidarias con las que sufrieron abuso sexual, acoso, con las familias que perdieron a una musa en manos de la violencia feminicida, de un agresor que sigue libre”, manifiesta la promotora sonidera.
Cifras oficiales detallan que de enero a diciembre de 2017 se registraron 671 feminicidios. Por otro lado, de 2012 a 2015 al menos 7 mil 649 mujeres fueron asesinadas, violadas, asfixiadas y golpeadas hasta morir sin ser reconocidas como víctimas de feminicidio. Marisol sostiene que ella presta su voz en nombre de todas aquellas hermanas que fueron silenciadas.
La segunda batalla que deben librar afecta a todo el gremio, pues las autoridades y sociedad en general han satanizado los bailes. Jesús Cruzvillegas alerta: “Se ha reconocido el valor cultural y tradicional de los sonideros, como parte importante de las identidades barriales en diferentes puntos de la ciudad, pero esta tradición se encuentra en peligro, debido a la privatización del espacio público”.
Los tepiteños han sacado sus estéreos a los patios cuando los granaderos cancelan una tocada. El grito de guerra es fácil de reconocer: “¡Aguas, ya viene la tira!”. Frente a las macanas incrédulas, los vecinos han disfrutado de su música para demostrarles a las autoridades que nadie puede callar ese ritmo que se apodera de sus almas.
“A los políticos no les gustan los sonideros; pero en elección son a los que más recurren para ambientación”, ironiza el fotógrafo de Proyecto Sonidero, Tonatiuh Caballero.
Su fuerza de trabajo se ha desvanecido en la hoguera de la discriminación. La mayoría de personas los rechazan por considerarlos “nacos” o “gente jodida”. En 2014, cuando el Vive Latino aceptó las presentaciones de sonideros dentro del festival, muchos jóvenes reaccionaron de manera ofensiva: “Ni siquiera juzgaban por la música, para ellos el problema venía de la pobreza, del color de piel”, lamenta el Tonatiuh.
Las sonideras no abandonan la esperanza; para ellas la música es un desfogue total. Su pelea se multiplica para volverse cada vez más grande, pero no se dejan intimidar.
Marisol Mendoza sostiene: “Hay que recordar que para ser un chingón hay que pasar por muchas chingaderas”.
El movimiento sonidero debe persistir porque la música y la vida están aquí y ahora. Porque los barrios sobreviven, se contorsionan y saborean. Porque los sonideros vibran, estremecen con toda su fantasía popular. Porque existen mujeres sonideras brincando en una vecindad, bailoteando con un vallenato; las observas detrás de una cabina, poniendo flores en su altar, animando al público a dar sus mejores volteretas. Las podemos sentir, oler y escuchar cuando gritan de rabia, cantan de alegría o gimen por una cumbia sabrosa: ¡Riiiiicooo sabor cumbiambero!

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