Agosto 15, 2020
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SILENCIOS ESTEREOFÓNICOS

¿Somos hijos de una infancia desubicada?

Félix Morriña

¡Arlequín, dolor y camino de luz

en la infancia perdida!

Las continuas tormentas no me arrullaron esta vez, ruedo en mi diminuto loft de adobe metepequense como aquél infante que fui. Despierto en exquisito silencio previo al amanecer y medito: ¿somos hijos de una infancia desubicada? Aparece entonces, mi arlequín de origen inglés, ese de las portadas de los discos de Marillion, para recordarme la infancia invertida, bien vivida, que le dio luz de nuevo al niño dentro mío, aquél convertido en bachiller, con el uniforme del jovencito de la portada del memorable disco “Displaced Childhood” de la banda británica de rock neoprogresivo, nacida en 1979.

La respuesta a dicha pregunta está dentro de ese disco conceptual de la banda liderada por el entonces cantante, compositor y líder Fish. Hoy día la banda está compuesta por el tecladista Mark Kelly, el guitarrista Steve Rothery, el bajista Pete Trewavas, el baterista Ian Mosley y en la voz líder, composición, guitarras y percusiones Steve Hogarth, a quien me tocó verlos en vivo y en directo las veces que han venido a México. ¡Vaya privilegio de fino llanto!

Cuando el disco de Marillion “Displaced Childhood” salió al mercado internacional, en 1985, su #ServibaryAmigo #DandyperoPunk #ElCinicoMayor estaba en los tres lustros de existencia, justo la edad que tienen en este momento la próxima generación de bachilleres en México, quienes tendrán como futuro seguro la incertidumbre total, pero tienen la oportunidad, como nosotros en su momento, de querer cambiarlo todo, imponer y hacer valer sus ideales, como proponer soluciones a un mundo con una humanidad en completa decadencia.

Les toca entrar a ese mundo tan bello de transición a la primera felicidad de la primigenia libertad. Entran a la etapa de experimentación en plenitud, de las primeras grandes desilusiones de la existencia: interpersonales,  socioculturales, políticas y económicas de todo tipo. Les toca marcar los siguientes cambios generacionales con sustento, argumentos y bases, porque de lo contrario, todo cambió para seguir igual: en decadencia, sobreviviendo, no viviendo. “Primero lo que deja, luego lo que te gusta”, nos decían los judíos de la época, a quienes no les hicimos caso, porque queríamos hacerlo todo a nuestra manera.

Hay cultura, pero nos falta educación, y a la educación no se le ve futuro, porque hay que construirlo todo de nuevo. Si por alguna razón, queridos aspirantes a bachilleres, no logran entrar al sistema educativo público en esta época de tiránicos exámenes, no se depriman, no se sientas mal, la vida puede estar peor, así que habrá mucho por reconstruir en adelante, requeriremos de unificación, comunidad y familia, aunque ésta esté integrada sólo por ti, porque necesitamos de todos, porque estamos en un momento en el que se requiere de un estado de conciencia mayor, seas o no, parte de la nueva pre comunidad universitaria.

No están solos, aún nos tienen a nosotros, a los “Senecpunks”, como diría a carcajadas el ente artístico cultural Raúl Rock del #PuebloMagico de #Metepec. Aún recuerdo con jovial entusiasmo las primeras tres partes sonoras del disco “Displaced Childhood” de Marillion hechas bajo el influjo del LSD, según dijo alguna vez Fish, el cantante, en el que además el eje central es el éxito repentino, la infancia perdida y la desilusión amorosa. Las rolas son “PseudoSilk Kimono”, la exitosa y única “Kayleigh” y “Lavender”, tres piezas que dignifican mi proceso de hijo de casa a bachiller, mis primeros tropiezos amorosos, poéticos, libertarios y culturales que marcan la experiencia de vivir a tope, sin medir consecuencias.

A tres décadas y media de ese glorioso momento de ser parte de la UNAM, la Máxima Casa de Estudios de México, a través del CCH (Colegio de Ciencias y Humanidades, para los que no lo sepan, eso es para nosotros el bachillerato, la preparatoria), recuerdo haber sentido por vez primera ese himno que hoy hincha mi pecho como entonces. También recuerdo haber apoyado a la comunidad que no lo logró, alentándolos a la siguiente parada, a no detenerse, a buscar su camino, su destino.

A tantos años, esa educación bien aprovechada me dignifica, me legitima, me valida en una sociedad que sabe más del personaje y sus excesos, que de su reputación profesional, esa que no ha sido mellada, porque registra la historia periodística para lo que fui hecho, nacido. Escojan bien su camino, futuros bachilleres, sea cual sea éste, vislumbra dónde terminarás, cómo quieres verte, y por favor, no sean jamás una repetición histórica más, ni una caricatura de lo que fuimos, sean la diferencia fundamentada.

Como lo he dicho antes, me gusta vivir solo en mi diminuta galería de arte, donde mis obras hablan, conversan entre ellas y conmigo, junto a mis envidiados discos, libros, arte objetos y utensilios diversos de fetiches eróticos. Todas estas cosas de significados vintage, otrora vanguardistas, me susurran la historia de un ente con edad mental madura en cuerpo destinado al ocaso antes de la media centuria, por dolores molares y corpóreos lumbálgicos, pero le recuerdan lo valioso de sus cicatrices abiertas de dolor constante, escuchando las enseñanzas de Marillion, ese mítico arlequín musical en el que me convertí desde temprana edad.

Justo en el amanecer me siento ese bello arlequín de dolor y camino de luz en la infancia perdida. Esa infancia perdida por los que no supieron valorarla, pero que hoy pueden intentarlo. El silencio estereofónico se desvanece, llegan a mis oídos tímidamente el trinar de pájaros entumecidos por la fría tormenta nocturna, justo entonces canto de sentida manera las tres primeras piezas del disco “Displaced Childhood” de Marillion desde la alcoba del búnker Morriña.

Recuerda: ¡Nos buscamos, nos vemos, nos escuchamos, nos entendemos!