Agosto 5, 2021
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QUÉ TAL SI CERRAMOS LA FÁBRICA DE MACHOS

Culturalmente en México el papel de la mujer se acotó a la figura de la madre sumisa y abnegada, pese a que en las culturas prehispánicas había matriarcados que les daban liderazgo y poder. La influencia de la cultura occidental favoreció la creación estereotipos de machismo que, lamentablemente, las propias mujeres en su papel de formadoras fueron reproduciendo al repartir las tareas del hogar y al “normalizar” situaciones injustas o de violencia; creando inconscientemente una “fábrica de machos” que hoy debemos cerrar. No para establecer matriarcados que representen una venganza contra los varones, sino para contar relaciones armónicas y equitativas, porque es una realidad que en muchas situaciones sociales y políticas la mujer continúa en desventaja.

Durante décadas su labor se limitó al hogar, pocas fueron las que accedieron a una formación profesional y, si lo hacían, era a puestos como secretarias, asistentes y, rara ocasión, abogadas. O bien, se involucraban en la cuestión cultural: música y pintura. No así en la política, eso “era asunto de hombres”.

En los años 50, parecía que ese panorama iba a cambiar con el voto de la mujer en México -aprobado en 1953 y hecho realidad el 3 de julio de 1955-, se crearon grandes expectativas y se engrandeció este hecho, porque por fin se reconocía la ciudadanía a las féminas. Ante los ojos del mundo era un gran avance, pero eso no implicó un aumento de su participación en la vida política, en ese entonces (1955) de 365 candidaturas disponibles, sólo 20 fueron para mujeres y 4 resultaron ganadoras.

Ahora, tenemos leyes electorales que favorecen la participación de las mujeres en la vida política y el gobierno; por fin los partidos políticos postulan en sus candidaturas 50% hombres y 50% mujeres, pero continúan sin contar espacios en puestos clave para la toma de decisiones.

Tal vez, alguna pueda formar parte de un Cabildo o del Congreso, pero su acción se puede acotar sólo a recibir la línea de su partido, obviamente, impuesta por varones y continuar con el mismo esquema que prevalece por décadas.

A ello, se suma el dilema que aún existe en México entre el ser y el deber ser. Muchas mujeres han avanzado de manera increíble en su preparación profesional, con maestrías, doctorados, investigadoras, etc. De que están preparadas, lo están, y no tendrían limitante para participar en la vida política del país.

¿Qué ocurre?, que cuando tienen las posibilidades de destacar, en ocasiones los lazos familiares las limitan. Si hay marido aún existe una gran sumisión a lo que él decida o “si le da permiso de trabajar o participar en la política”. Si tiene hijos, la obligación moral, obstaculiza que pueda comprometerse a participar más allá.

Y lo más grave, que cuando trabaja –ya sea en la iniciativa privada o en el aparato burocrático-, no deja de tener dobles o triples jornadas, pues después de su empleo llega a cumplir con sus obligaciones del hogar: planchar, lavar, cocinar, etc., pues de lo contrario se convertiría en una “mala madre” o en una “mujer desobligada”.

Cuando decide participar en la vida política y se suma a las filas de cualquier partido, las labores que le asignan son de “talacha”, las del activismo político y, no hay duda, lo hacen bien; existe como un don natural de convencimiento. Pero, más allá, de echar porras, hacer bola, tocar las casas o de ser candidatas suplentes y tener cargos menores, la mujer aún tiene mucho que transitar para poder empoderarse no sólo en la política, sino socialmente.

¿Cómo lograrlo?, pudiéramos acusar eternamente a los hombres de machistas y misóginos, pero ellos fueron formados por una mujer, hubo una “fábrica de machos”. La cuestión es ir a las causas, cambiar esa mentalidad desde los hogares, apostar a una verdadera paridad de género. Desde casa hay que crear los cimentos de una sociedad mejor, en la que cada individuo esté dispuesto a conducirse por el camino del deber ser, en el que ni los hombres sean más ni menos, y en el que las mujeres se desarrollen plenamente en lo que les agrade, pues si ellas se sienten realizadas, se reflejará en una armonía familiar y social.