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¿Qué hacemos con las redes sociales?

Miguel Carbonell

Para algunos pueden ser una tremenda cadena que les impida crecer y relacionarse con sus semejantes, aunque para otros pueden ser una herramienta de emancipación

El proceso electoral en Estados Unidos puso de nuevo el foco de atención en el papel de las redes sociales y su muy compleja relación con la democracia.

Twitter fue un campo de batalla de enorme intensidad en las campañas presidenciales norteamericanas, debido sobre todo al uso que le dio el Presidente Trump. La red social tuvo incluso que eliminar algunos de sus mensajes, debido a su contenido falso y a su potencial inflamatorio en el ánimo social. Pero hubo quienes sostuvieron que se trataba de una forma de censura, inaceptable para un país democrático que valora mucho la libertad de expresión.

La preocupación por el papel de las redes sociales tuvo otro momento álgido en la campaña presidencial del año 2016, por el uso intervencionista que algunos países les quisieron dar y que, según algunos análisis, en efecto pudo haber inclinado el resultado a favor del propio Donald Trump.

La polémica sobre el uso y abuso de las redes sociales no se limita al terreno político, si no que abarca también cuestiones sociales de la mayor relevancia En este mismo año 2020, Youtube identificó más de 200 mil videos con información falsa o al menos cuestionable sobre el Covid-19; Facebook tuvo que limitar cientos de grupos que promovían ideas en contra de la vacunación de niños, por no hablar incluso de la masiva violación de los derechos de autor que se hace a través de los espacios virtuales. Anteriormente, las redes han servido para transmitir incluso atentados terroristas en tiempo real y otras atrocidades innombrables. Quizá sea por eso que dos terceras partes de los ciudadanos en Estados Unidos considera que las redes sociales son dañinas.

Las empresas responsables del manejo de las redes tienen una enorme responsabilidad. Facebook puede ser una herramienta que aliente levantamientos sociales a favor de la democracia (como sucedió con la llamada Primavera Árabe), pero también puede promover el odio racial y alimentar viejas querellas étnicas (como los ataques contra la minoría musulmana en Myanmar).

Cualquiera que haya visto en Netflix el documental “El dilema de las redes sociales” debe estar muy preocupado por el impacto profundo que están causando las nuevas tecnologías en la conducta de las generaciones más jóvenes, afectando la autoestima y la autonomía personal de millones de niños alrededor del mundo. Las redes sociales pueden ser para algunos una tremenda cadena que les impida crecer y relacionarse con sus semejantes, aunque para otros pueden ser una herramienta de emancipación y un lugar para ampliar sus propios intereses vitales. Pero nadie puede negar la capacidad de manipulación de las empresas dueñas de las redes, que son grandes negocios y tienen que entregar buenas cuentas trimestrales a sus accionistas. Eso las lleva a actuar no en referencia al bienestar público, sino a sus propios beneficios económicos.

Desde el Congreso norteamericano, varios legisladores han estado insistiendo en la necesidad de regular a las empresas propietarias de las redes sociales. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos acaba de lanzar una dura ofensiva judicial contra Google por temas de competencia económica desleal (parecida, en algunos aspectos, a lo que se intentó contra Microsoft en los años 90 del siglo pasado). Desde el ámbito académico ya se habían sugerido desde hace años algunas obligaciones de “servicio público” de las redes por especialistas como Cass Sunstein, a quien preocupa la enorme polarización política y social que generan las redes (de la cual México es una víctima más, como resultado de la enorme irresponsabilidad de algunos políticos que a diario calientan el ánimo social y dividen a los ciudadanos, en vez de servir como factor de unidad y concordia). Las empresas se están defendiendo de esos intentos con base en la libertad de expresión y están cabildeando con firmeza en contra de cualquier intento que no se limite a una “autorregulación”.

Mientras dicha regulación se logra, lo que tenemos en nuestras manos es la posibilidad de mejorar nuestro propio entorno digital. Actuemos en las redes sociales de manera civilizada, contrastemos la información, no difundamos teorías conspiracionistas, hablemos con nuestros hijos de los riesgos de las redes sociales, construyamos conversaciones respetuosas de los puntos de vista de los demás y cortemos de tajo a las personas que solamente usan las redes sociales para envenenar el ambiente. De nosotros depende.

Investigador del IIJ-UNAM

@MiguelCarbonell