Agosto 15, 2020
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Nuestros socios y Norteamérica

IMPULSO/ Horacio Saavedra

Así como en el fútbol los aficionados se preguntan en qué liga debe jugar la selección nacional, ha existido un debate sobre la importancia mundial de México y quiénes son sus pares. En América del Norte han demostrado que sí pueden cambiar de división. Pero ese reconocimiento internacional puede generar pereza. El síndrome de Peter Pan nos acecha, crecer duele, y duele dejar la comodidad de la segunda división.
México es parte de las primeras 20 economías desde hace décadas, tiene un extenso territorio y una de las mayores poblaciones del globo. El país incluso ha ingresado en momentos a lista de los 10 principales, en 1999 el PIB mexicano fue más grande que el de Rusia, India, Australia y Corea del Sur. Después del TLCAN México recibió trato igualitario de la Unión Europea y fue puesto como ejemplo en regiones como las de Mercosur y APEC.
Embajadores como José Juan de Olloqui afirmaban en los noventa que el tratado de libre comercio (NAFTA) era una herramienta para encontrar igualdad de trato con las potencias y un modelo de desarrollo mundial. Él incluso sugería que “así como Estados Unidos consulta a sus aliados industrializados en algunos asuntos, debería consultar a México en otros”. Asimismo, no se debía abusar de la cobija latinoamericana, dejar esa comodidad y concentración de actividades con nuestros hermanos de idioma y en ocasiones subsidiarios. Asia, Europa, Oceanía y África también existen, esa es la esencia de “la diplomacia total”.
Empero, el cambio más importante fue el mental. Ser parte Norteamérica significó dejar complejos históricos y enfrentar la realidad geopolítica; ser considerado como socio por estadounidenses, canadienses y ser respetado entre poderes de otros continentes. Una realidad fue aceptada públicamente: Estados Unidos necesita de México. Todos los norteamericanos aprovechaban lo comercial, al igual que se rompían barreras y estereotipos culturales. El símbolo del NAFTA, la mariposa monarca, albergó la esperanza de apertura de fronteras, extensiva a las personas y la creación de una familia norteamericana entre los tres países. Ese avance mental es el que está en riesgo de perderse, vamos a dejar de ser norteamericanos por miedo y por falta de recursos.
En 2020, la nueva versión del tratado, el T-MEC, muestra un reacomodo en los intereses comerciales, financieros y laborales de la zona. Enseña a un México atado en lo económico a América del Norte y separado del proyecto de integración humana y regional. Expone un cansancio similar a un equipo de futbol que ingresa a la primera división y se desespera porque no gana partidos y porque no es tratado como igual por los demás equipos. En este caso no hay vuelta atrás, regresar a la segunda división implica perder inversión extranjera directa de todo el mundo, turismo y exponer los derechos humanos de 6 millones de indocumentados en EU.
Otro riesgo es que el país se contagie de una pereza en la actividad internacional. No es conveniente desatender a los miembros del G20, la OCDE y foros como Davos, pues ahí se encuentran los pares mundiales de México. Incluso a nivel latinoamericano, un símil natural que es Brasil está dando ejemplo en la recepción de migrantes extranjeros y el respeto de los derechos humanos. La Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) hace unos meses reconoció a Brasil por la recepción amplia de migrantes venezolanos y por ser pionero con la Ley brasileña de protección a personas refugiadas.
No estamos correspondiendo con los países que sí nos tratan como semejantes. La inversión extranjera directa de la Unión Europea y países como Alemania y China no tienen especialistas mexicanos que las aceleren. Contemplamos como Turquía, Indonesia y Corea dejan atrás a Peter Pan, aumentan su gasto diplomático y extienden la enseñanza del idioma inglés desde el nivel básico. Mientras, Rusia, Brasil y Canadá esperan la visita del mandatario mexicano. Nos sorprendemos de lo obvio: la sociedad con Estados Unidos no ha sido paritaria, ni se esperaba que lo fuera a corto plazo. Esto nos lleva a reflexionar del lugar que tenemos en el mundo, que no es menor, ni del que podemos escaparnos.