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Las protestas…

Gabriel Guerra Castellanos

Analista

Ocho días consecutivos de marchas, vigilias, rezos, llamados a la reconciliación no han sido suficientes para apaciguar los ánimos incendiados en los Estados Unidos a raíz del asesinato de George Floyd. Su muerte, filmada por testigos y transmitida por todos los rincones y resquicios de la red, fue dolorosa, angustiante y altamente simbólica de lo que la comunidad negra en particular, y otras minorías en general, perciben como un comportamiento habitual entre los cuerpos policiacos en ese país: fuerza excesiva y con frecuencia letal contra algunos, tolerancia y trato respetuoso para los otros, es decir para los blancos.

Si bien la muerte de Floyd fue el detonante, las verdaderas causas de la inconformidad son muchas y muy profundas. Las disparidades socioeconómicas en EU tienen inequívocos componentes raciales: los indicadores no solo de pobreza, marginación o desempleo, sino incluso de contagios y muertes por el Covid-19 son inevitablemente desfavorables para la comunidad negra. Si a eso sumamos que muchos de los cuerpos policiacos estadounidenses tienen una mayor predisposición al uso de la fuerza cuando se trata de aplicarla a hombres negros tenemos los ingredientes perfectos para un coctel explosivo.

Los niveles de movilización y descontento popular son ya mayores a los que siguieron a la absolución —en 1992— de los cuatro policías que golpearon salvajemente a Rodney King en Los Ángeles, y bajo algunos criterios (como declaraciones de estado de emergencia o toques de queda) son comparables a los disturbios que siguieron al asesinato de Martin Luther King Jr. en 1968.

Pero a diferencia de 1968, 1992 u otros momentos de agravamiento de la inconformidad de la comunidad negra, las cosas ahora podrían complicarse más. ¿A qué me refiero?

Así como en 1991 el maltrato a Rodney King fue capturado en video y eso lo convirtió en un hecho incontestable, ahora ese mismo efecto escala a la n potencia por el impacto y penetración de las redes sociales y de los medios de comunicación. Si añadimos cerca de un centenar de casos de periodistas que han sufrido acoso o violencia de parte de las policías, se genera un efecto natural de solidaridad gremial.

La respuesta institucional ha sido muy variada estado a estado, y a nivel federal. Desde reacciones ejemplares de parte de alcaldes o jefes de policía que se muestran empáticos y solidarios hasta los que ordenan recrudecer las medidas represivas/coercitivas, hasta llegar al extremo del presidente de EU que contempla el uso del ejército. De ese tamaño el abismo en las reacciones oficiales, cuyas contradicciones abonan la confusión y el sentimiento de agravio de muchos.

La respuesta del presidente Trump no sorprende, mas no por eso deja de escandalizar. Su tono para descalificar a los manifestantes y para urgir a los gobernadores a tomar medidas más agresivas, además de su tragicómico ejercicio propagandístico para posar frente a una iglesia en Washington, biblia en mano, tras haber desalojado violentamente a manifestantes pacíficos, ha agravado las tensiones y marcado también las líneas de la que será su batalla por su reelección, que hoy por primera vez veo en serio riesgo.

Por si todo eso no bastara, la incertidumbre, temor y frustración acumulada por los efectos del Covid-19, tanto en materia de salud como económica y de encierro prolongado tiene a muchos a punto de ebullición. Sume usted a eso la proliferación de grupos y milicias fuertemente armados en el extremo opuesto al de los manifestantes y tenemos un elemento adicional altamente explosivo.

Quién fuera a decirlo, en medio de la mayor crisis global del último siglo, el imperio muestra señales de resquebrajarse.

Éramos muchos, y parió la abuela…

@gabrielguerrac