Septiembre 17, 2024
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La vida como es…

IMPULSO/ Octavio Raziel

Apocalipsis

Las catedrales, decía Fulcanelli (*) son monumentos erigidos a la alquimia y al hermetismo; pero, además, lugar al que se acude a buscar consuelo, a pedir consejo e implorar perdón. 

 

Las viejas catedrales -las góticas europeas- con su crucero y su vitral (rosetón) orientado al levante para recibir la vida a través de los rayos del sol, conmueven a la meditación, a la búsqueda de respuestas que el hombre se hace, pero sobre todo, a hablar con Dios, aquel ser inmaterial que después de escucharnos no nos recrimina, ni nos amenaza con el infierno, ni tampoco nos advierte de la desaparición de la vida tal como la conocemos.

            A diferencia de las catedrales europeas, donde las gárgolas, mascarones, vampiros, tarascas y dragones alejan a los malos espíritus, la catedral de San Patricio, en Nueva York, muestra la sobriedad del nuevo mundo. No obstante lo alto de sus torres (unos 100 metros) y su estilo neogótico, el edificio es empequeñecido por los rascacielos que le rodean. A las afueras, con regularidad, hay profetas, predicadores, iluminados, lunáticos, la mayoría de ellos anunciando el fin del mundo a la brevedad.

            Desde que las religiones o sus ministros se auto erigieron en los dueños del pase automático al otro mundo, los seres humanos buscan la “salvación” con ellos ante la idea de que el infierno pudiera existir.

            El mundo debió acabar hace mucho si hiciéramos caso de los profetas del catastrofismo como William Millar, que anunció la segunda venida de Cristo para el 21 de marzo 1844, y habría que esperarla en los más altos picos de los Estados Unidos. Como esto no aconteció, les citó nuevamente para el 18 de abril del mismo año. Pero, para decepción de sus seguidores, el mundo siguió rotando impunemente.

             Última llamada… última. El 23 de octubre de ese año se congregaron aquellos que no se daban por vencidos -el mundo tenía que acabarse ¡como de que no!- pero no se les hizo y se conformaron con impulsar únicamente la autodenominada Iglesia Adventista del Séptimo Día.

            Hace poco más de tres décadas 923 hombres, mujeres y niños murieron en Jonestown, el asentamiento de la secta Templo del Pueblo, en Guyana. Los mayores después de haber bebido limonada con cianuro y a los niños (más de 200) les inyectaron el líquido en la boca; todos obligados por Jim Jones, fundador de la esa secta.

            El Apocalipsis ha sido la fuente inagotable de advertencias utilizadas por lunáticos como David Koresh, que se decía sucesor del rey David, y envió a la muerte a 76 personas en Waco, Texas, incluidos mujeres y niños. Hubo un predicador que se dijo sucesor de Cristo y que convidó a sus seguidores a abordar un cometa; para ello estrenaron zapatos tenis y algunos de ellos fueron castrados para poder arribar al cuerpo celeste completamente puros. Fenobarbital con vodka, fue el pase de abordar.

            Pero la visión apocalíptica ha sido poca para José Argüelles, que con nombre y apellido latinos, es un estadounidense, creador del Instituto de Investigación Galáctica de la Fundación para la Ley del Tiempo. Con ese rimbombante nombre, el tipo se murió y al poco…que creen, reencarnó como un maya llamado Valum Votan, esto es, El señor del tiempo que anunció el fin del mundo para el año 2012. Para salvarse de esa hecatombe debía hacerse era una “donación lunar” (que iba de los $7.00 a los $1,040 dólares) que podían ser cargados a la tarjeta de crédito cada 28 días. Los recursos serían enviados a la Fundación para la Ley del Tiempo y beneficiarán a un “plan de paz universal”.

El misterio de las catedrales, Fulcanelli, 1926.

 

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