Diciembre 14, 2019
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El PRI ante su futuro y el del lopezobradorismo

IMPULSO/ Octavio Rodríguez Araujo

Analista político

Hace 90 años se fundó el partido del régimen posrevolucionario, llamado Revolucionario Institucional desde 1946. A ese partido le debemos que de sus filas hayan salido los gobernantes de todos los niveles hasta 1997, año en que perdió la capital del país y la mayoría calificada en el parlamento. A partir de ese año, comenzó a hacer agua y perdió, por primera vez, la presidencia de la República en 2000. Lo mismo le ocurrió en 2006.

Pero en lugar de cruzarse de brazos, sus dirigentes hicieron todo lo que pudieron para recuperar las plazas que habían perdido y, en 2012, reconquistaron no pocas de éstas y, además, el principal cargo de elección en el país. Mal lo hicieron en el gobierno y López Obrador, con su nuevo partido, supo manejar muy bien y en su provecho los sentimientos anti PRI y anti PAN que habían provocado tres presidentes al hilo. Dije sentimientos, no mucho más; pero con eso bastó para que lograra una mayoría más que suficiente.

El PRI, contra lo que mucha gente piensa, nunca ha sido monolítico. En su seno se han disputado, incluso con violencia y golpes arteros, tanto hegemonías como cargos públicos, de elección y de designación. Pero aun así ha demostrado una gran disciplina: una vez que un grupo ha ganado, todos los demás, aunque sea en la apariencia, se han alineado con la facción triunfadora y han convertido al Presidente (así con mayúscula inicial) en su jefe por seis años, en realidad por cinco años y pico pues el presidente electo, cuando era del mismo partido, recibía todo tipo de apoyos desde el besamanos de su triunfo reconocido por la autoridad electoral hasta el momento de su toma de protesta.

Pero aun sin ser monolítico, sus principales militantes y cuadros directivos buscaron que los más competentes formaran gobierno (con obvias y conocidas excepciones). Sin embargo, nunca o casi nunca fueron capaces de darle continuidad planeada a la sucesión de gobiernos ganados por ese partido. Cada nuevo presidente que llegaba seguía, sin decirlo, algo así como “borrón y cuenta nueva” y es probable que así se hiciera para que destacara lo hecho en su gobierno al final de su gestión. Nunca nadie me ha podido explicar por qué en países donde ha habido alternancia de partidos en el gobierno (en Europa, por ejemplo) los planes se han respetado incluso por 40 años y en México no a pesar de que el Poder Ejecutivo estaba en manos del mismo partido. Era como para que hubiera continuidad, pero no la había.

En 2018 el PRI perdió casi todo por lo que compitió, y pasó a ser un partido que en la Cámara de senadores, por ejemplo, con una “selfie” era suficiente para que cupieran todos en la foto. Ahora está en busca de un nuevo perfil que lo acerque realmente, así dijeron algunos de sus actuales dirigentes, al pueblo, a la gente. Pero la tienen difícil, porque López Obrador les quitó parte de sus principios del mal llamado “nacionalismo revolucionario” y convirtió al neoliberalismo (ideología del nuevo PRI a partir de Salinas de Gortari) en la causa principal de tantas desgracias en el país, después de la corrupción.

¿Qué cambios de principios y de programa puede hacer el PRI si de veras quiere renovarse y acercarse a la gente? Se necesitará mucha imaginación para no copiar al lopezobradorismo, ni continuar en la lógica del neoliberalismo. Enorme problema para el tricolor y para quien lo dirija una vez que se den los cambios en su dirigencia. Quizá por eso no pocos priistas han acariciado la posible candidatura de José Narro Robles, ex rector de la UNAM, un personaje con muy buena imagen y con convicciones muy firmes en su militancia (por eso escribió un artículo periodístico y un video donde acepta contender por la presidencia del PRI y dar por concluida “en esta etapa” su relación académica con la UNAM). Narro es sin duda un personaje fuera de serie en muchos sentidos, pero el reto que tendría enfrente, si resulta electo presidente de su partido, es descomunal pues heredaría un instituto político muy desprestigiado y urgido de ideas novedosas y atractivas para los mexicanos en los próximos años. Quizá su ventaja mayor serán los desaciertos y contradicciones de AMLO quien, por las prisas y su personalidad, cada vez comete más errores, y más sus colaboradores, éstos, en buena medida, muy pequeños (o inexpertos) para el cargo que tienen (pero eso sí, leales al presidente). Esos errores no son percibidos por la mayoría de la gente porque no quiere verlos aún, porque todavía quiere creer en el discurso, como un asidero para su fe; pero conforme pase el tiempo y la realidad no sea como se dice todas las mañanas ante los medios, las creencias darán paso a una suerte de decepción ya observada entre la gente más informada del país o más directamente afectada: la situación económica, por ejemplo, no mejora y la inseguridad tampoco, todo lo contrario.

A diferencia de López Obrador, Narro tiene fama de ser plural y respetuoso del pensamiento independiente. También de no exigir lealtades por encima de las competencias y capacidades de sus colaboradores. En otras palabras, Narro ha procurado rodearse de gente inteligente y ha preferido la lealtad a las instituciones que las personales. La gran pregunta es si sus cualidades personales serán suficientes para devolverle a su partido el brillo que se le atribuyó en el pasado y si logrará diferenciarse tanto de la ideología impuesta por Salinas de Gortari como de la ideología del actual ocupante del Palacio Nacional.

No alcanzo a ver qué es lo que tendría que hacer el PRI para levantarse, como Lázaro, sin un milagro. Lamentablemente para este partido, los milagros no existen y la fe no será suficiente.

PD: Antes de ayer, AMLO intentó sembrar dudas sobre Narro como secretario de Salud. Es claro que él preferiría al gobernador de Campeche como dirigente del PRI. No de balde le llaman “Amlito” a partir de su sobrenombre “Alito” por Alejandro. La grilla está dura.