Octubre 27, 2020
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Cuentos para Presidentes

Rodrigo Sandoval Almazan

El pequeño Rambo

Me llamaron Miguel desde que nací, pero ya tengo siete años y me dicen el Rambo. Y es que eso de los rifles, pistolas y balas se me da. Empecé a tirar a los cinco años, en mi pueblo de Guerrero, a unos kilómetros de Chilapa; el calor es infernal así que salíamos todas las mañanas bien temprano a sacar a los animales, desayunar rápido y luego ir a la escuela.

Pero desde que empezaron a matar a mis compañeros, mis amigos y yo le pedimos al tío Jacinto: “Enséñenos las pistolas, tenemos que defendernos” El es uno de los policías comunitarios, desde antes que yo naciera; nos cuida de los narcos que han estado aquí desde siempre, con otros nombres y apellidos, algunos son del pueblo otros vienen de fuera, pero siempre nos han molestado, amenazado, cazado, secuestrado y matado.

No me gusta eso de andar desarmado. Desde que aprendí a tirar, resultó que soy muy bueno. Ya me prestaron un calibre 22, pero he disparado hasta cuernos de chivo. Si se siente el tirón cuando salen las balas, pero me hago el fuerte y no me pasa nada. Mi mamá me dice que tengo muchos moretones en el cuerpo por que el arma me da el culatazo o la retrocarga, pero no me importa, solo me falta que me encuentre un maloso y me lo tiro.

Varios de mis amigos ya se han peleado con ellos. Para defender a sus hermanas por que sus papás están trabajando o se fueron al norte, pero ellos se quedan a cargo. A veces llevamos pistola a la escuela, otras, uno de nosotros trae rifle o escopeta, nunca se sabe cuando se van a necesitar, tenemos que estar preparados. Entre menos malos, mejor para nosotros.

Un día, en casa del Felipe, vimos la película de Rambo, creo que hay muchas, pero terminando, me emocioné, me quite la camisa y me puse cargadores y banda para el pelo, desde entonces me dicen el pequeño Rambo. Ahora casi siempre salgo así, pero a veces me pesa demasiado el rifle. Yo quisiera ser como él y matar a todos los malos para que podamos vivir en paz, estoy harto de tener miedo todos los días.

La semana pasada me leí en el periódico que un niño del norte había matado a su maestra y sus compañeros de clase. Me dije: “ese no es un Rambo” luego salió que su papa trabajaba para los delincuentes y que toda la familia estaba igual. Ahora lo entiendo, pero las armas no son para eso, yo nunca le tocaría un pelo a la maestra Juanita o Cleta la directora. Si nos castigan bien feo, ni les da miedo que vayamos armados, lo ven normal y da igual para que nos griten y nos pongan a hacer sumas y restas por decir groserías.

Yo no he usado todavía mi rifle contra una gente. Apenas he disparado a uno que otro animal. Dice el Pepe, a quien le decimos el chango, que se siente requetefeo, es como “si te quebrara el alma por dentro” a él ya le paso, le tuvo que disparar a un fulano que estaba golpeando a su papá, y cuando se separaron, le apuntó y le metió dos tiros en el pecho, quedó tendido frente a su casa con un charco de sangre. No sabe si lo mato o no, pero al final nadie lo ayudó y lo tuvieron que llevar al panteón a la fosa donde ponen a los desconocidos.

Pepe aún lo recuerda como si hubiera pasado hace un rato y le tiemblan las manos; es un año menor que yo y ya disparó a muerte. No es justo, yo también quiero ser un héroe como él y salvar a mis papás y mis hermanos.. Sigo entrenando a diario, a veces se pueden conseguir balas para practicar, otras nada más con resortera y piedras para no perder puntería, pero eso si, nunca se me escapa andar cargando el arma.

De grande, ya le dije a mi tío Jacinto que me voy con los autodefensas a cuidar el pueblo, él solo se ríe y me dice que soy buen tirador: “mi pequeño Rambo” no sé si lo dice con tristeza o con orgullo, sé que le gustaría verme jugar como a ellos les paso, que podían andar libres por el pueblo, montar a caballo, salir al campo y disfrutar que no les pasara nada; pero yo sé que eso ya no se puede, ahora tengo que salir con mi revolver o el rifle que me dieron, hacer guardias dos dias a la semana y prácticas lo más posible, eso implica correr, saltar y tirar bala, ya no hay tiempo para jugar, sólo nos queda sobrevivir, ¿Verdad?

Me dijeron que me quieren mandar a la ciudad con unos familiares que tienen una tienda, pero les he dicho que no. ¿No les pasa lo mismo a los de la ciudad? Aquí al menos hay campo para esconderse, yo conozco el monte, la milpa y el pueblo. ¿Qué hago allá? Sería como ratón sin ratonera. No me podría vestir de Rambo e ir a la escuela ¿Oh si? ¿En la ciudad también tienen niños con rifles y pistola para defender sus calles? Habría que verlo, pero mientras yo me quedo aquí, no dejaré a mi Mamá, ni mis hermanos más pequeños solos hasta que regrese mi Jefe, les tendré que enseñar a ellos cuando crezcan a ser tan buenos tiradores como yo, algún día serán el pequeño Rambo de este pueblo.

* * *