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COMENTARIO A TIEMPO AGRADECIMIENTO Y ACLARACIÓN (V)

Por Teodoro Rentería Arróyave

Para miércoles 26 de febrero de 2020

QUINTA PARTE

Platica Teodoro que al preguntarle cuál inmueble del IMER era el dañado, si el de Margaritas o el de la calle de Mérida: “No, el de Doctor Barragán, el más moderno “-le informaron- y hay muchas víctimas”.

El equipo de trabajo tuvo que esperar hasta el día siguiente para regresar en el avión de las 17 horas. llegaron al aeropuerto de la capital mexicana aproximadamente dos horas después; “ya nos esperaban varios colaboradores del IMER y mi hijo mayor, Teodoro”.

De inmediato fui informado de la tragedia: el edificio de Doctor Barragán no se había caído, se había pulverizado; me explicaron que dio vuelta como un trompo y los 12 pisos quedaron reducidos a dos, y habían muerto muchas personas, pues en su caída derrumbó también un edificio en condominio y otro de cristal que albergaba la Dirección Aeronáutica Civil y, en su parte de abajo, el famoso restaurante el Buen café.

“De acuerdo con sus instrucciones -me dijeron- estamos en sesión permanente en las instalaciones de Margaritas, vamos para allá”. emprendimos el viaje en tres vehículos por el Boulevard Aeropuerto y, ya para entrar al Viaducto Miguel Alemán, se presentó la réplica de las 19:20. Aquello fue terrible, la gente paraba sus vehículos y salía disparada porque creía que se venían abajo los edificios de la colonia Balbuena.

Pasado el susto continuamos el viaje, pero cuando llegamos a varios de los puentes del viaducto, antes del pasar bajo ellos sin ponernos de acuerdo los conductores hacían un alto total y luego arrancaban; y después de superar el peligro, todos nos sentíamos aliviados.

 Llegamos a Margaritas, donde me explicaron con más detalle lo sucedido en Doctor Barragán. “Vamos a doctor Barragán”, pedí. Mi hijo Teodoro estaba muy conmocionado, me pidió que no fuera y le explicó que era mi responsabilidad y mi obligación hacerlo. “y no solamente voy a ir, me vas a acompañar, porque tienes que compartir las buenas y las malas situaciones que nos da la vida”. Esta fue parte de la formación como periodista.

Las escenas eran dantescas, como en todas partes de la ciudad donde donde había pegado el fenómeno sin distinguir zonas de exclusividad. De las trabes colgaban cadáveres. Me hicieron saber, por una parte, que doña Flora, quien hacía el aseo en mi oficina provisional, en el sexto piso… y permíteme hacer un paréntesis: nunca conocí mi oficina en el doceavo piso porque mis colaboradores querían enseñármela hasta que estuviera terminada… Pues es el caso que doña Flora, en el momento que sintió el sismo se escondió debajo de un escritorio de roble que ocupaba mi contador, mi estimado amigo Edmundo Araujo, quien por cierto murió muy joven.

La señora tenía en la mano un cenicero grande de cristal cortado; con él empezó a golpear fuertemente en el escritorio donde se encontraba atrapada. Después me comentó, “primero creí que estaba muerta, después que me había quedado ciega, no veía nada por el polvo y lo oscuridad”. Al derrumbarse el edificio se produjo un fenómeno extrañísimo: el cubo del elevador quedó a salvo. Por ahí se escucharon los golpes de auxilio de Doña Flora y ayudados por cuerdas bajaron hasta el lugar de los ruidos los rescatistas de la Cruz Roja. ¡Qué valor y que trabajo! Justo donde se escuchaban los sonidos, abrieron el hueco y se encontraron con la trabajadora, la empezaron a sacar, pero sin éxito porque nuestra amiga era de pechos prominentes. Cómo sería ese momento de afectación, que la señora, humilde servidora pública, les pidió a los rescatistas: “córtenme los pechos, pero sáquenme de aquí”. Le pidieron que aguantara, hicieron más amplia la horadación y la subieron con cuerdas. Llegó por su propio pie hasta la avenida Universidad. Las palabras emocionadas de Edmundo Araujo al recibirla hicieron que doña Flora de desmayara, pero había salvado la vida. CONTINUARÁ.