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Cae líder de MS-13 hondureño que vivía con lujos

IMPULSO/ Agencia SUN
SAN JOSÉ, Costa Rica
En una residencia de lujo con una espectacular vista panorámica de Tegucigalpa en una exclusiva zona en lo alto de esa capital, el hondureño Carlos Alberto Álvarez Cruz, alias “Cholo Houston”, rompió con la vieja imagen de que los mareros o pandilleros juveniles viven en la más profunda miseria, hacinados en covachas o viviendas destartaladas y atrapados en escenarios insalubres y de inseguridad criminal.
Como uno de los líderes de la Mara Salvatrucha (MS-13), una de las dos temibles pandillas que azotan al Triángulo Norte de Centroamérica (Honduras, Guatemala y El Salvador), “Cholo Houston” se solazó entre lujos y placeres, con automóviles deportivos, joyas, licores finos, antojos gastronómicos y grandes cantidades de dinero en efectivo.
Con el equivalente de más de 255 mil dólares en su poder, Álvarez fue detenido anoche en su lujosa mansión en un operativo policial.
El presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, explicó jubiloso en su cuenta de Twitter que fue “un golpe contundente a la estructura criminal de la MS-13 con la captura en Tegucigalpa de su cabecilla y coordinador nacional”.
El marero vivía “con lujos comprados con la muerte, la sangre y el dolor de muchos hondureños”, aseguró el gobernante.
En un operativo apoyado por el batallón canino de la Policía Militar, “Cholo Houston” fue arrestado por agentes de la Fuerza Nacional Antimaras y Pandillas (FNAMP), integrada por efectivos militares, policiales, oficiales de inteligencia e investigación y fiscales del Ministerio Público.
Como “líder nacional” responsable de coordinar a la MS-13, Álvarez fue sometido desde hace varios meses a una intensa indagatoria con seguimientos y otras acciones, informó Mario Fu, portavoz de la FNAMP. La captura se registró en una casa de lujo en la urbanización Loma Verde, de la capital hondureña, confirmaron fuentes oficiales.
El caso confirmó las reiteradas advertencias de autoridades de Centroamérica acerca de que, a pesar de que las estructuras medias y bajas de las maras subsisten en condiciones de carencia y miseria, los mandos altos que todavía están en libertad disfrutan de una vida de comodidades, por recibir los grandes beneficios de las operaciones criminales.
La MS-13 y su acérrima rival, la Mara 18 (M-18), son las tenebrosas pandillas juveniles que actúan en Honduras, Guatemala, El Salvador, México y Estados Unidos y tienen ramificaciones en Europa y otras partes del mundo, en una mortal batalla por controlar territorios en contra de la mara rival y de las fuerzas policiales y militares.
Como parte de su política en contra de la migración irregular a su país para justificar la construcción de un muro en la frontera estadounidense con México, el presidente de EU, Donald Trump, convirtió desde 2018 a las maras en blanco de sus ataques, y en especial a la MS-13, a la que calificó como “muy mala”, violenta y malévola y la culpó de tráfico de drogas y de crear “zonas de guerra”.
Las dos maras tuvieron su raíz en el decenio de 1980 en las calles de California entre centenares de miles de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos que emigraron a esa zona para huir de las guerras en Centroamérica y establecieron mecanismos para defenderse de pandillas de blancos, negros, asiáticos y otras etnias y redes.
Los primeros mareros viajaron entre 1990 y 1993 de Estados Unidos a Honduras, Guatemala y El Salvador en masivas deportaciones de migrantes irregulares y reprodujeron en sus países el modelo de pandilla, con extorsiones, asesinatos, asaltos, robos y otras modalidades y luego nexos con el crimen organizado transnacional para sicariato y narcomenudeo.
Autoridades gubernamentales y judiciales hondureñas culpan a las maras de ser responsables de la incesante violencia criminal e inseguridad, en un país que reportó que el número de homicidios bajó de 3 mil 866 en 2017 a 3 mil 733 en 2018, de acuerdo con estadísticas del Observatorio de la Violencia de la (estatal) Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
La tasa de homicidios fue de 41.4 por cada 100 mil habitantes, precisó el Observatorio, al reconocer que el año pasado ocurrieron 133 asesinatos menos que en 2017, con un promedio de 311 al mes y 10 al día, en una nación que sumó 71 mil 695 de 2004 a 2018.